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Lunes, 01 de Febrero de 2010 00:22
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María Huidobro (Diario Deia)

En el año jubilar me resultó imposible asistir a la llamada que había hecho tres años antes en París el Papa Juan Pablo II a los jóvenes de todos los rincones del planeta para tomar parte en Roma en la Jornada Mundial de la Juventud. Me perdí la mayor concentración de chicos y chicas de 15 a 35 años en la historia de Occidente, y que coincidía además que era en torno al sucesor de Pedro, el discípulo de Jesús.


Esta vez sí que he tenido el privilegio de participar en las dos celebraciones clave de la XVII Jornada Mundial de la Juventud en Toronto (Canadá), el primer destino del viaje del Santo Padre por toda América y que concluyó el pasado jueves.
Y como yo, otros 300 jóvenes cristianos de la CAV y Navarra, que se han pasado estos dos últimos años ahorrando para poder vivir en tan sólo diez días una intensa experiencia de fe. Una importante representación de Euskal Herria en la cita si se compara con los 7.000 del resto del Estado, pero algo pequeña ante los 800.000 totales que se congregaron provenientes de 173 países a la invitación del Papa, con el lema “Vosotros sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo”.
Un grupo de 50 jóvenes del Camino Neocatecumenal, la mayoría barakaldeses, junto con cuatro portugalujos, dos donostiarras, una navarra, cinco logroñeses y una alemana, compartimos al final de nuestra peregrinación por tierras canadienses el reafirmar la presencia de Cristo en Juan Pablo II por la fuerza que desprendió ante los miles de personas allí reunidos y la claridad y expresividad de sus palabras, con sus improvisaciones, sonrisas y gestos.


Esta peregrinación no iba a ser como otras en las que muchos de nosotros habíamos estado. El Papa Juan Pablo II había suspendido varios viajes por su delicado estado de salud y, aunque mantuvo en pie su presencia en Toronto durante la XVII Jornada Mundial de la Juventud, preocupados rezamos por su mejoría.


Las oraciones, los cuidados y el descanso en Castelgandolfo permitieron que el Santo Padre llegara a la ciudad más cosmopolita de Canadá el mismo día que nosotros salíamos de Barakaldo, acompañados por nuestros catequistas y un presbítero, para encontranos en el que, si Dios quiere, puede ser su última jornada mundial con los jóvenes.


Con sueño y cansancio acumulado por las horas de viaje en avión y autobús, nuestros primeros días en Canadá fueron una parte importante de la peregrinación, con el fin de preparar interiormente los actos centrales con el Santo Padre: la vigila del sábado y la eucarístía conclusiva.


Nada más subirnos al autobús, comenzamos a vivir la peregrinación con los demás hermanos en la fe, cantando y rezando los salmos de las laudes todas las mañanas, aunque varios ya se sintieron en camino con la celebración penitencial que tuvimos días antes en la parroquia de Santa Teresa. Los madrugones, las estancias en las residencias de estudiantes para dormir, los bailes y cantos de alabanza animados con guitarras en los parques y el inestable clima nos sirvieron para entrar en ella.
Las visitas a lugares santos y la coincidencia allí con otros jóvenes que iban a participar en la Jornada harían el resto: la Basílica Catedral Notre Dame de Québec, la primera parroquia católica y catedral del país; Santa Ana de Beaupré, uno de los lugares de peregrinación más importante de América, donde realizamos una eucaristía; y el Oratorio San José en Montreal, el santuario en honor al patrón de Canadá donde también celebramos una multitudinaria misa con otros madrileños del Camino.


La convivencia con el centenar de jóvenes de Elorrio, Oiartzun, Donostia y Bilbao fue mucho más estrecha, ya que con ellos estuvimos la vigilia del sábado y la eucarístía del día siguiente. Todos, ataviados con la mochila de peregrino, el saco de domir y la ikurriña, nos instalamos lo más cerca posible de una de las pantallas de TV situadas en el Downsview Park para participar en los actos.


Recibimos al Papa, “nuestro padre y abuelo”, con las letanías de los santos en una explanada repleta de jóvenes ansiosos de escucharle, dando paso a una emocionante liturgia de vísperas. La luz de Cristo representada por miles de velas brilló esa noche, y las experiencias de tres jóvenes que habían descubierto el amor de Dios en sus vidas a todos nos llegaron. El Santo Padre nos confió a ser “constructores de esta civilización, la luz del mundo, la sal de la tierra y testigos de Cristo”, para lo que nos invitó a dejarnos “invadir por su luz”. Todos vimos a un Papa contento y animoso que sabe conectar con nosotros, a sus 82 años.


Algunos, cansados, intentamos dormir unas horas, mientras que otros intercambiaban experiencias con jóvenes de múltiples nacionalidades. Las oscuras nubes que amenazaron lluvia la tarde anterior descargaron fuertemente a partir de las 5:30. Nos mojamos y mucho, a pesar de los plásticos, chubasqueros y paragüas. Si hubiera sido un concierto seguro que se habría suspendido, pero Dios allí hizo el milagro. En cuanto el Papa comenzó a hablarnos apareció el sol que lució en toda la eucaristía.


Las palabras alentadoras de las las lecturas calaron más en nosotros, gracias a la homilía de esperanza en la que Juan Pablo II nos recordó que estamos “llamados a ser transformados, seguir sin miedo a Cristo en el camino de la cruz y ser sal y luz, porque la santidad no es una cuestión de edad”. Acabó su intervención con una oración en la que invocó la protección y guía de la Virgen María en la misión que nos encomendaba.


En la consagración notamos que el Papa estaba más cansado, pero tras la comunión, la fuerza volvió a él. La letra en castellano de un canto - “si para Dios todo es posible, porqué estoy triste” - a muchos de nosotros nos hizo reflexionar y ver que ser testigo de Cristo hoy en día, aunque difícil, no es imposible.


Con los saludos finales en varios idiomas, el Angelus, la bendición y el himno de la Jornada se dio por terminada la eucarístía y el encuentro. El Papa anunció que el próximo será en 2005 en Colonia (Alemania), donde en su catedral se honra la memoria de los Reyes Magos.


Al día siguiente, el encuentro en los alrededores del santuario de los Santos Mártires con el iniciador del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello, fue otra ola de esperanza. “Dios estará con vosotros hasta el fin del mundo”, se dijo en un momento de la celebración que atrajo de todo el mundo a 60.000 jóvenes de este “itinerario de formación católica”, pero que, por problemas de visados, los cerca de 30.000 de Sudamérica no pudieron estar. Los frutos de la peregrinación y la predicación del Papa sirvieron para que 3.000 chicos sintieran la llamada al sacerdocio y otras 1.700 chicas a la vida religiosa.


Nuestra peregrinación estaba a punto de terminar, no sin antes, a la vuelta admirar la naturaleza en las cataratas del Niágara. Ahora tan sólo nos queda llevar el mensaje que se nos anunciado a nuestras comunidades, y ser luz y sal allí donde nos movemos, con la ayuda de Jesucristo. Volveremos a Colonia, si Dios quiere.

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Última actualización el Sábado, 06 de Febrero de 2010 14:33
 

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